Lectores y escritores

En este apartado el protagonista es el lector y sus creaciones, EL LECTOR ESCRITOR, en su sentido más amplio; es decir, no sólo el lector de mis libros sino todo aquel que quiera enriquecer este rincón literario con sus textos. Envíalos a la dirección:

miguelangelguelmi.escribe.narramos14@blogger.com



En el "asunto" de tu correo escribe el título de tu composición, tu nombre y, si lo deseas, tu lugar de residencia. Ejemplo:





La luz en la niebla. Pedro Márquez. Gran Canaria.



Por último, escribe o pega el texto en el cuerpo del mensaje.



¡Y RECUERDA! Cuida la ortografía y los signos de puntuación.



¡BIENVENIDOS!

Relato entre cinco. "El primer paso para el cambio", Laura Calvo Ossorio

Mientras caminaba por la ciudad, no me percataba de lo contaminado que estaba todo... Incluso de día, me costaba ver el azul del cielo. Por esa razón, cada vez que salía el sol mi cara ponía una sonrisa. No me gustaba ver que mi ciudad se iba contaminando poco a poco. Me ponía triste, pero enseguida cambié el chip y me levanté, me vestí y decidí comerme el mundo. Aunque no todo iba a ser de golpe y porrazo. Empecé, primeramente, bebiéndome un cafecito a lo George Clooney. Mientras me tomaba el delicioso Nespresso ideaba algún plan para aportar mi granito de arena en este problema que afectaba a mi ciudad. Así que, salí de nuevo y comencé con la primera labor. Me dirigí a la playa y con el ánimo dispuesto y el corazón encendido, procedí a recoger todo aquello que no perteneciese a ese ambiente y arrojarlo en diferentes bolsas.


Daniel Moleón Monzón

La película de mi vida


New York, 23 de noviembre.

No es un día cualquiera, se cumplen diez años de la muerte de su padre. El sentimiento de culpa vuelve a pegar tan fuerte como cada veintitrés de noviembre desde hace una década.

George, como cada año, acude al mismo banco en el ala oeste de Central Park, situado junto al legendario estanco de Jhon Griteway. Puntual, no falta a su cita a ciegas con la soledad. Respira profundo, lento, un respirar casi inapreciable. Mientras se sienta, parsimonioso, como si no hubiese un sentido del tiempo, eleva la vista y observa: niños jugando al béisbol, gente corriendo, señoras paseando con sus perros, carcajadas, música de fondo; y, entre todo el bullicio y gentío, emerge la imagen de un padre y su hijo acercándose hacia el mítico quiosco. El joven, que aún no había experimentado la adolescencia, corría con su helado persiguiendo las palomas, mientras, su padre, disfrutaba del olor a café que desprendían las páginas de su periódico.Tras un leve parpadeo, una ráfaga de aire gélido trae a George a la realidad: el que fuera palacio de golosinas y helados era ahora el tapiz de los grafiteros; la estampa del hombre con su hijo se difuminaban hasta convertirse en dos lágrimas, que sincronizadas, descienden espesas y lentas como rapelistas por su cara.

Las hojas secas y desordenadas en el suelo, arrancadas a la fuerza por el viento, eran su pelo; su ropa era el periódico arrugado y maltratado por la inclemencia del tiempo que vaga libre por el parque; su cara, sin expresión, era la estampa yerta de un desierto; era todo él una simbiosis con la melancolía.

Pasada media hora de su encuentro a solas, enfundado en su tres cuartos de piel negra y enmascarado con sus gafas antipaparazzis, emprende el camino de vuelta a casa. Ahí estaba esperándole, llena de polvo, durante diez años, pero intacta, la decrépita caja de herramientas de su padre, que insólitamente, aún conservaba el olor madera.  Era el momento, él lo sabía, ahora sí estaba preparado, lo sentía dentro de sí, ya era hora, habían pasado diez años. Tembloroso como un crío asustado, destapa la misteriosa caja que su padre le había dejado en herencia… en el fondo, el único utensilio de la caja, ante su asombro, un sobrecillo de azúcar posado sobre una fotografía…

Casi sin darse cuenta, George se había convertido en el protagonista de propia película, estaba ante el mayor enigma de su vida, más inusual que cualquiera de los guiones a los que se había enfrentado. Ahora, retirado de la gran pantalla, era el momento de poner en práctica todas aquellas habilidades detectivescas que había desarrollado y adquirido durante todos esos años holliwoodescos.

Aquel paquetito blanco, desgastado por los años, lograba conservar aún una misteriosa inscripción en el reverso: "chacho", un término que escapaba absolutamente a tods sus conocimientos, era algo casi onomatopéyico. La fotografía cubierta por una película de polvo gris dejaba entrever una terraza y un inmenso mar en el fondo. George desconcertado, atrapó las pruebas y arrancó como alma que lleva el diablo. Corrió lo más rápido que pudo y tomó el primer tren hacia las afueras de Yale. Allí se encontraba Gunnarsoon, el primer guionista con el que trabajó, el hombre más sabio que conocía. Cerca ya del centenar, el viejo Guni vivía acomodado y acompañado por sus gatos en su apacible casa de campo. Si alguien podría ayudarlo, era él, sin duda alguna. Había viajado por todo el mundo y hablaba siete lenguas. Era el creador de misterios cinematográficos más hábiles jamás visto, si alguien podía hacerlo, no podría ser otro.

El viejo Guni rodeó a George con sus lánguidos y largos brazos, maleables como chicles, y lo apretó tan fuerte como pudo; lo adoraba. Tomó la fotografía apresurado y la observó minuciosamente. Segundos más tardes respiró profundo, calmado, desenfundó su ancestral lente de aumento y tras unos minutos, asentando con la cabeza, dijo: "estamos cerca hijo"; "¿qué más tienes?", George sacó el sobrecillo y lo posó sobre la mesa. Guni, atónito, tomó el sobrecillo con la delicadeza con la que una madre primeriza toma a su bebé: "eureka, lo tenemos hijo, esto es Gran Canaria". El viejo guionista era un apasionado cafetero y coleccionaba sobrecillos de azúcar de todos los lugares a los que viajaba. Aunque no supo descifrar el significado de aquella enigmática  inscripción, no tuvo dudas en reconocer el atípico diseño, sin duda alguna, sólo había visto aquellos sobrecillos en su viaje a una de las islas del paradisíaco archipiélago norteafricano, las Islas Canarias. Los dos se fundieron en un entrañable abrazo, mientras las lágrimas comenzaban a fraguarse en la cornisa de sus ojos, ambos sabían que era la última vez que se verían.

Raudo, George, sin equipaje alguno, se subió al primer avión camino hacia la otra orilla del océano. Asustado y emocionado a la vez, comenzó a temblar. El enigma parecía cada vez más cerca, aunque una pregunta no dejaba de rondarle por la cabeza: "¿por qué aquí, qué hay aquí papá? Sin esperar bulto alguno, George salió el primero del avión y, haciéndose hueco entre los kilométricos gorros de paja de los turistas, corrió hacia el primer taxi de la parada: "rápido, lléveme aquí, por favor", dijo el americano mientras extendía la fotografía hasta sus manos. El taxista reconoció enseguida el misterioso lugar: "esto es El mirador de Bandama, señor".

Las nubes se tornaron grises durante el camino, el cielo se cerró y tan rápida como inesperada llegó la tormenta. Llegados a la falda de la montaña, el taxi se detuvo: "lo siento, señor, no puedo seguir, la carretera está cortada. Es ahí arriba, señor, es ese lugar, estoy cien por cien seguro". George, sin esperar el cambio se dispuso a andar cuesta arriba, bajo el chaparrón. Treinta minutos más tarde y completamente enchumbado, George, exhausto, llegó a la cima de la montaña y se posó bajo la pérgola de la entrada de bar y se tomó un minuto para recuperar el aliento. Tras una bocanada profunda de aire, se dispuso a entrar…un paso, dos, ya estaba dentro.

Con sumo cuidado, desenfundó del interior de su chaqueta tres cuartos la funda de plástico que protegía la vieja imagen y la observó con detalle. Levantó la mirada y se dirigió a la terraza. Con la fotografía entre sus dedos, extendió el brazo, buscando el ángulo perfecto, buscando el ángulo del que fue tomada la misma fotografía. El taxista no estaba equivocado, era ese lugar, el mismo, la misma vieja barandilla de madera y el mismo inmenso mar en el fondo. Sus piernas comenzaron a languidecerse, fatigado, se sentó.

Tan rápido como vino, la tormenta se escondió, las nubes se disiparon y el cielo abrió su manto azul, un azul tan brillante como el oro. Esos rayos de sol parecieron devolverle la vida. George se levantó y conectó una mirada con la camarera, esta curtida por la experiencia, adivinó la palabra café entre sus labios. George dio unos pasos y se alongó pensativo a la baranda. Respiró profundo, pausado, dejando que el aire puro de aquella tierra perforara sus pulmones. La luz del día vislumbraba ahora la fascinante caldera y el infinito mar. Cuando quiso darse cuenta de donde estaba, ya había quedado hechizado por la belleza de aquel lugar, se sintió como en su casa, como si aquel lugar, de algún modo, hubiese formado parte de él durante toda la vida. Cuando se dio la vuelta el café ya estaba encima de la mesa, junto a la taza, el mismo sobrecillo de azúcar.

El misterio aún no estaba resuelto, no entendía qué quería decirle su padre con eso. Tomó el café de un sorbo, sin azúcar, como a él le gusta, de un solo trago. Sin apenas disfrutar la milimétrica taza de café, invadido por la intriga, se adentró en el salón en busca de respuestas, quizás aquella anciana podía darle alguna pista sobre su padre. George se acercó a la señora y sacó, por primera vez en diez años, la fotografía de su padre que con tanta predilección guardaba en su cartera: "¿lo conoce? ayúdeme, es mi padre". La mujer, con dulzura, dijo: "lo intentaré mi niño". Tomó la fotografía entre sus manos y la acercó cuanto pudo a sus ojos. En ese preciso momento el silencio se apoderó del lugar. "Dígame, ¿lo conoce?", retumbaba en eco la voz de George. La señora despegó la vista de la imagen, elevó la mirada envuelta en un paño lágrimas y balbuceando, con la voz desquebrajada, respondió: "eres igual que tu padre".


Relatos a doce manos. L. Santana, O. Izquierdo, L. Rodríguez, N. Igualador, N. Agudo, I. Gil

La extraña pareja del metro
Carlos conoce a Elena una tarde de lluvia. Elena llega al metro asfixiada y casi sin color. Carlos ya se encontraba en el metro, la mira y queda enamorado. Le pregunta si siempre está sin oxigeno y sudando tanto. Ella, lejos de enfadarse, le dice que tiene prisa y por eso suda, él suda porque sí. Esto incomoda a Carlos y hace que le guste mucho más. Suben juntos al metro, la puerta roza sus espaldas y una multitud de trajes, maletines y tacones gastados se los traga. Sus manos están a punto de tocarse cuando el "Mind the gap" anuncia su parada. Se miran, bajan la mirada y cada uno toma su camino. Al día siguiente vuelven a coincidir y esta vez sí. Tomaron sus manos sudadas y se adentraron en el infinito túnel subterráneo juntos. Allí, en medio de las caras grises, sus rostros brillaban transpiración e ilusión. Todos los días, Elena viene a la residencia a ver a Carlos. El alzheimer borró sus bellos recuerdos, pero Elena, a sus 83 años, no se rinde. Cada mañana toman su desayuno juntos, se sientan bajo su árbol favorito, ella relata su historia y Carlos sonríe.

Paracaídas
Todos los días tenía el mismo problema. El tiempo, las prisas, el reloj, la distancia... se sentía agotada. El ritmo de la ciudad estaba acabando con ella. Su rostro era el reflejo de un cansancio crónico que cada día pesaba más. No sabía como afrontar el día. Estaba muy agotada, siempre le ocurría lo mismo. Pero todo iba a cambiar. Llegó a la puerta de la oficina y decidió que no iba a entrar, volvió a casa pasando por la playa y se asomó a la ventana recordando la brisa marina. Abajo veía la carretera que la llamaba con deseo. ¿Por qué negarlo? Estaba harta de su jefe, su exmarido y su vida. Mejor romper con todo. El móvil cayó por la ventana derechito a las olas. Dio un portazo y subió al coche. Cuando se quiso dar cuenta, estaba en el aeropuerto. Dejó las llaves de su coche en un casillero y se puso a observar los lugares que aparecían en la pantalla. Después de un rato decidió comprar un billete al lugar que le pareció más extraño: Zadar.

De espejismos y sombras
El coche frenó de golpe, los neumáticos chirriaron sobre el asfalto... imposible que se me pusieran de punta los pelos de los brazos, la sombra se volvió un cuerpo delante de la luz de los faros. No sabía de qué se trataba, una vez más allí estaba. Su cuerpo era conocido, ¿un familiar quizás? ¿mi amiga? Me acerqué temeroso mientras el corazón desbocado amenazaba con salírseme del pecho. Me acerqué a aquel bulto inmóvil y comprobé que por suerte solo eran un montón de bolsas de basura. Se le habrán caído al camión de las diez. Por fin pude respirar en paz. Las aparté de la carretera. Una de las bolsas que estaba en el suelo me llamó la atención, vi que salía un brazo de una de las bolsas. Me acerqué y vi que era igual que mi brazo derecho, pero era un brazo izquierdo. Todo era un espejismo de otra realidad en la que yo no era más que basura y muerte.

Amigos para siempre
Estaba solo y la lluvia le caía en la cabeza. Esto lo ponía triste porque dentro de su soledad, consideraba a todos sus piojos picones como sus amigos. Jamás se lavaba la cabeza. A sus únicos amigos solo les gustaba saltar y a él eso le gustaba también, era gracioso verlos hacer malabarismos en su escuálido pelo cuando se miraba al espejo. Ojalá también superan nadar. Ahí volvió a sentir la soledad a la que siempre había estado acostumbrado. De repente, los vio flotando. ¡Qué terrible masacre! ¡Cuánto dolor! Desesperado intentó rescatar a sus compañeros de aventuras, que perecían a miles entre la espuma de la bañera. Fue corriendo a la cocina a por el colador del té. Volvió a la bañera y rescató a todos los que pudo, los colocó en una toalla y les dio calor con el secador del pelo. Cuando les dio calor se quedó pensando por un momento mientras miraba al infinito. Al final los dejó en el suelo y los pisó sin ninguna consideración. 

El mundo editorreal
Comenzó su viaje con el entusiasmo típico de los inicios. En su maleta, solo el pasaporte, un par de mudas y muchos sueños. El escritor comienza su sueño cuando entra por la puerta de la editorial. No sabe lo que le espera ese día. Se enfrentaba a escribir en un nuevo idioma. Después de triunfar en su país, le aterrorizaba la idea de fracasar. En la editorial se sintió aliviado cuando escuchó a todos hablando en español. Sacudió de sí esos pensamientos y se presentó al editor entregándole torpemente un ejemplar del original. El editor negó con la cabeza, "no voy a leerlo", le dijo, "quiero que me digas cómo y por qué debería venderlo". El escritor, enojado, lo miró desafiante. "Al leerlo entenderás", dijo sin más. Abandonó el local sonriendo. Al día siguiente recibió una llamada de la editorial, no publicarían su obra. En ese momento comenzó su descenso a los abismos. 

En el recuerdo



Eran padres, hijos, esposos o hermanos..

También fueron hermanas, nietas, tías, amigas de la infancia y primas.
71 familias destrozadas y una comunidad que ha perdido un patrimonio de ilusión y esperanza.
Empatizo y pienso en la UD Las Palmas. En lo que me contaba mi abuelo, mis tíos, quienes ya no están. Lo que nació de una unión, como el Chapecoense. Lo que gracias a la unión no desapareció..
Malas gestiones y lo que cuesta sacar adelante a un equipo.
Eran padres, hijos, esposos, novios, hermanos..
Llevaban la ilusión a un pueblo. No es fácil vivir hoy en día en el entusiasmo.
Los equipos pequeños, los que suelen perder, alimentan mucho más a sus fieles, porque estos no esperan nada a cambio y porque suelen ser los de siempre. Los que transmiten el amor, el respeto y el sentimiento a un escudo de padres a hijos. Claro que, en este caso, el Chapecoense sólo contaba con 43 años de vida.
En los últimos dos llenó de gloria su campo. Un ascenso a la máxima competición y un hueco entre los importantes en competiciones internacionales. Sin grandes nombres pero con mucho corazón eliminó al San Lorenzo, al Independiente... equipos de renombre en el fútbol sudamericano. Mañana jugaba una final. Una final que ya había ganado por el mero hecho de estar simplemente ahí, entre los grandes.
Fueron hijos, amigos, confidentes, amantes..
Y llevaban el peso de la responsabilidad de compartir con sus 7.000 aficionados de siempre que cada semana ocupaban sus gradas, más los miles que llegaron después para vivir las eliminatorias de la copa Sudamericana y, en definitiva, contagiar a los 200.000 habitantes de Chapecó la esperanza y las ganas con las que vivían esta hazaña. Eso era lo que hacían, ofrecer sueños, vender ilusiones, compartir sonrisas, repartir sentimiento.. Es lo que yo siento desde bien pequeña con la UD Las Palmas. Por eso ahora tengo tan presente a cada aficionado que ocupa las gradas de ese pequeño estadio. Llevan todo el día en vela, llorando a los suyos, rezando por sus almas. Como penitentes y sin rumbo pero con sus camisetas y su pena de quien ha perdido mucho, llevan postrados en los alrededores de ese campo desde esta mañana.
Ofrecieron una misa en su pequeña catedral, transportaron un lazo negro y gigante y a esta hora gritan como pueden sus nombres, su himno, roto.
Hijos, hijas, vecinos, futuros padres, hermanos, hermanas..
Hoy el sur de Brasil se ha teñido de un luto inmenso. Yo me acuerdo de todas las desgracias que suceden cada día. 71 familias en ese accidente y demasiadas en cada continente por guerras y desgracias.
Empatizo y revivo mi incidente aéreo. No olvido cuando estalló aquel motor en pleno vuelo. Han pasado años. Lo que sentí, el terror que vivimos los pasajeros.. yo guardo eso. Por eso también me acuerdo de ellos.
Eran padres, madres, hermanos, hijos, nietos, sobrinos, tíos.. y han llenado un campo entero. Nuestros corazones. Este pensamiento, una oración y mi sentimiento van con ellos.
Descansen en paz.

Julia Lamas. LPGC

Ana Hernández Rodríguez. No estaba muerto

Seis de la mañana. Lunes. Todos en casa dormían excepto yo: me había desvelado. No sabía a qué técnica recurrir para volver a conciliar el sueño, pues todavía quedaba una hora para que la alarma de mi despertador sonara. El abuelo me había contado que cuando a él de pequeño le pasaba esto, cerraba los ojos y se imaginaba en un lugar tranquilo, así que lo probé: me visioné en una playa en la que solo me encontraba  yo. Escuchaba el ir y venir de las olas y el sonido que estas provocaban al romperse en la orilla. La técnica no funcionaba... es más: mi vejiga me pedía a gritos que fuera inmediatamente al baño. Me decidí a esperar un poco, pues desde que era niña si me levantaba de la cama luego me sería muy difícil volver a dormirme.
No pude, así que fui al baño y al terminar volví a la habitación. El tiempo se había pasado rápidamente: sólo faltaban dos minutos para que mi despertador anunciara que ya era hora de comenzar mi rutina mañanera, así que lo apagué y me levanté. Desayuné, me vestí y fui al instituto  como un día cualquiera. Me parecía que el tiempo no pasaba. Las horas parecían hacerse eternas.
Al cabo de unas cuantas horas tocó el timbre y era hora de volver a casa. Por el camino pensaba en qué habría de comer en casa. "Ojalá sea un buen plato de macarrones", me dije.
Llegué a casa y todo era muy extraño: no olía a comida y mamá no me esperaba con su preciosa sonrisa para preguntarme su rutinario "¿Qué tal en el cole?", a lo que yo, cómo de costumbre le respondería mi seco pero suficiente "bien". Esta vez mamá se secaba las lágrimas e intentaba sonreír, pero no le salía. Le pregunté qué ocurría, a lo que me contestó:
-Siéntate cariño. Tengo una mala noticia
-No me asustes - le dije
-Es el abuelo. Como ya sabes lleva mucho tiempo ingresado y...
-¡No! ¡Dime que no! ¡No ha muerto!- grité
-Lo siento... y me abrazó.
He de admitir que fue el peor lunes de mi vida. Al cabo de unos días fue el entierro. Mirábamos a la tumba con las mínimas esperanzas de que todo aquello fuera una broma, pero no era así...
-Tranquila mamá. El abuelo no está muerto. Siempre estará e nuestro corazón.
Mamá sonrió y me abrazó.

LEYENDA:
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Complemento predicativo:      

No estaba muerto. Ana Hernández Rodríguez


Seis de la mañana. Lunes. Todos en casa dormían excepto yo: me había desvelado. No sabía a qué técnica recurrir para volver a conciliar el sueño, pues todavía quedaba una hora para que la alarma de mi despertador sonara. El abuelo me había contado que cuando a él de pequeño le pasaba esto, cerraba los ojos y se imaginaba en un lugar tranquilo, así que lo probé: me visioné en una playa en la que solo me encontraba  yo. Escuchaba el ir y venir de las olas y el sonido que estas provocaban al romperse en la orilla. La técnica no funcionaba... es más: mi vejiga me pedía a gritos que fuera inmediatamente al baño. Me decidí a esperar un poco, pues desde que era niña si me levantaba de la cama luego me sería muy difícil volver a dormirme.
No pude, así que fui al baño y al terminar volví a la habitación. El tiempo se había pasado rápidamente: sólo faltaban dos minutos para que mi despertador anunciara que ya era hora de comenzar mi rutina mañanera, así que lo apagué y me levanté. Desayuné, me vestí y fui al instituto  como un día cualquiera. Me parecía que el tiempo no pasaba. Las horas parecían hacerse eternas.
Al cabo de unas cuantas horas tocó el timbre y era hora de volver a casa. Por el camino pensaba en qué habría de comer en casa. "Ojalá sea un buen plato de macarrones", me dije.
Llegué a casa y todo era muy extraño: no olía a comida y mamá no me esperaba con su preciosa sonrisa para preguntarme su rutinario "¿Qué tal en el cole?", a lo que yo, cómo de costumbre le respondería mi seco pero suficiente "bien". Esta vez mamá se secaba las lágrimas e intentaba sonreír, pero no le salía. Le pregunté qué ocurría, a lo que me contestó:
-Siéntate cariño. Tengo una mala noticia
-No me asustes - le dije
-Es el abuelo. Como ya sabes lleva mucho tiempo ingresado y...
-¡No! ¡Dime que no! ¡No ha muerto!- grité
-Lo siento... y me abrazó.
He de admitir que fue el peor lunes de mi vida. Al cabo de unos días fue el entierro. Mirábamos a la tumba con las mínimas esperanzas de que todo aquello fuera una broma, pero no era así...
-Tranquila mamá. El abuelo no está muerto. Siempre estará e nuestro corazón.
Mamá sonrió y me abrazó.

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